Una hormiga en marcha

«Una hormiga en marcha hace más que un buey adormecido.»

Lao Tzu

La pequeñez de una hormiga y la enormidad de un buey… sin embargo, una hormiga en marcha hace más que un buey adormecido. Lo contrario también es cierto: una hormiga adormecida, hace menos que un buey en marcha. Lo que importa aquí es si estamos adormecidos o si estamos despiertos. No es tan relevante cuanto espacio ocupemos, o cuán fuertes seamos. Todo esto importa muy poco si nuestro estado de conciencia es el de somnolencia, sopor, o letargo.

La pereza, la somnolencia y el sopor son estados de la mente y el cuerpo que inhiben la aplicación de la energía, el estar comprometidos y permanecer involucrados. Cuando se tornan constantes y habituales, podemos hundirnos en ellos y la mente se siente empantanada, como rodeada por un denso pegamento. En este estado es muy difícil realizar cualquier esfuerzo, ya sea mental o físico. La somnolencia y el letargo bloquean la visión consciente de lo que está frente a ti y aquello que acontece en el momento presente. Todo pasa a un segundo plano, borroso y ajeno.

Hay momentos en la vida en que recurrimos a este estado para «anestesiarnos» de lo que nos rodea. Cortamos el cordón umbilical con el presente. Estamos pero no estamos. Estamos, pero somnolientos.

Probablemente, una de las razones principales por lo que esto ocurre es nuestro condicionamiento a creer que el mundo nos debe entretener permanentemente, estar a la altura de nuestras necesidades, que nos ha de llamar la atención y seducir. Nuestro ego nos pide que sea aquello allí afuera lo que mantenga nuestra atención y lucidez en el presente. Si esto no es así, si la vida allí afuera se presenta difícil, intolerable, aburrida, incomprensible, dolorosa… mejor desconectar. Mejor diluirse en el sopor de lo tolerable.

Me conmueven los niños pequeños por la manera en que para ellos todo es interesante, casi fascinante. ¡Oh, un palito con una hoja! ¡Mira aquella piedra con forma extraña! ¿A que no sabes qué tiene papá para ti? ¡Que!¡Que!¡Queee!

De a poco perdemos la capacidad de maravillarnos por lo que ocurre, y de mantenernos en contacto con lo que se torna diferente a nuestras expectativas. Esto se da sin quizá comprender que el «permanecer atentos» es un estado interno, una capacidad, una disponibilidad, y no tanto algo que depende del estímulo exterior. Nos engañamos al no comprender el hecho de que aunque nos aislemos las cosas no van a cambiar, simplemente van a permanecer allí a la espera de que abramos los ojos.

No pongas tu vida (o parte de tu vida) en pausa, en un estado de sopor, solo porque las cosas no sean tan entretenidas o interesantes como quisieras o menos complejas y dolorosas de lo que consideras tolerable. Esto es especialmente cierto en tiempos de pandemia.

Ponte en marcha, como la hormiga, y no te detengas. Ríe, llora, reflexiona, descansa, ejercita tu mente y cuerpo, conversa, realiza un acto de generosidad, aprende, enójate, haz profundo silencio, grita… pero comprométete con la vida, no te duermas como el buey.