Mi árbol de manzanas

«Incluso si supiera que mañana el mundo se va a hacer pedazos, seguiría plantando mi árbol de manzanas.»

– Martín Lutero

Encuentro esta frase de Martín Lutero maravillosa. Esperanzadora.

El pasado es historia y el futuro es incierto, sin embargo, ambos influyen profundamente en nuestras acciones en el presente. ¿Para qué voy a plantar mi árbol de manzanas si la última vez que lo hice los pájaros comieron todos sus frutos y luego un fuego lo arrasó? ¿Para qué voy a plantar mi manzanero si no tengo garantía alguna de que el mundo no se haga pedazos, derribando en su apocalípsis mi preciado árbol?

Sin embargo, de todas formas, tomo una semilla y la entierro en la fértil tierra del presente.

No se trata de no aprender de aquello que ocurrió. Quizá un espantapájaros junto al árbol sea una buena idea. Tampoco significa no planificar o no prevenir (dentro de lo razonable). Proyectar es importante. De lo que sí se trata, lo que realmente importa, es de no dejar de plantar el manzano.

¿Cuántas cosas no estás haciendo por miedo al futuro, ese futuro que solamente tú imaginas? La inacción proviene entonces de la falta de confianza, el miedo, la angustia, el desconcierto, la timidez y el desgano de imaginar que el mundo, tu mundo, aquello que es cercano y conforma tu pequeño universo, eventualmente va a hacerse pedazos. Tengo para ti una noticia inquietante: todo es impermanente. Todo, eventualmente, se hace pedazos y reconvierte en otra cosa. Tu mundo también, y tú con él.

¿Vas a dejar por ello de plantar tu árbol de manzanas?

Ya soy demasiado viejo. No tengo tiempo. No sabría cómo empezar. No tiene sentido. Otro ya lo ha hecho…. el árbol permanece sin ser plantado.

¿Alguna vez comparaste el tamaño de un árbol de manzanas con el de una semilla de su fruto? Descomunal, ¿no? Nuestros temores y excusas se juntan con la imagen del enorme árbol y todo parece imposible, y demasiado esfuerzo para un futuro incierto. El truco es soltar, dejar ir al árbol, y concentrase ahora mismo en la semilla. Plantarla con cuidado y cariño. Acordarse de regarla. Proteger la joven planta de los vaivenes de nuestra codicia, ira e ignorancia. En disfrutar profundamente ver crecer ese árbol que te alimenta a tí y a todos los seres, incluso desde antes de dar sus primeros frutos… animarse y hacerlo, dure lo que dure el mundo.